Nos han engañado, el amor mueve el mundo, son tus pasiones las que te hacen avanzar, si crees que puedes, podrás… Así nos decían y así lo creímos pero, en realidad, lo que mueve el mundo no es el amor; es el miedo. El puto miedo.

Necesitamos sentirnos seguros, cada vez tenemos puertas más gordas en las casas y más rejas en las ventanas. Cada vez llevamos menos dinero en el bolsillo y más tope en las tarjetas de crédito. Más carreras nocturnas al volver a casa y menos paseos a la luz de la luna por lugares bonitos y solitarios. Más miedo, menos libertad.

Hemos vendido nuestra libertad a cambio de seguridad

Espera. No. El miedo es libre, luego somos libres. Ah, no, que no va así la cosa. Que lo que está pasando es que nos venden que tal o cual medida (como la de Mercadona de implementar tecnología de reconocimiento facial en sus tiendas para mantener alejados a criminales, véase: https://valenciaplaza.com/mercadona-contrata-a-laisraeli-anyvision-para-detectar-a-personas-con-orden-de-alejamiento-de-sus-locales) es por nuestra seguridad. Les importamos, a quiénes, a los empresarios, a los políticos que llenan las calles de cámaras, a los que dan la orden de legalizar el rastreo de móviles, a los que nos ponen cookies en todas las webs que visitamos, los que nos escuchan a través del móvil… ¿Suena mal? ¿Estoy loca?

Todo suena futurista y todo apunta a que me estoy desquiciando, lo cual no es nada nuevo, ni viene de ahora, gracias por preocuparos por mi salud mental.

Tiene gracia que nos hayamos leído todos esos libros de sociedades alienantes, tan seguras y tan precisas, que hayamos visto tantas películas en las que el futuro estaba escrito y había unas normas impepinables que seguir… En todas esas obras el quid de la cuestión estaba en uno o más individuos que se sentían ahogados, que querían salir del sistema injusto y controlador, que querían ser libres. Y todos hemos aplaudido su decisión y, sobre todo, la hemos no sólo entendido, sino compartido. Nos hemos sentido identificados. Ah, pero eso es ficción. O era. Eso era ficción. Eso no nos va a pasar a nosotros.

Qué pasa entonces. Paseamos por las calles de Madrid, pocas ciudades tan vigiladas como ésta, seguimos con nuestros móviles escuchadores… En realidad, quiero pensar que no las aceptamos como tal, con un consentimiento explícito, sino que lo dejamos pasar. La vida no nos deja mucho espacio para pensar, es el día a día. Sí, vamos a echarle la culpa al día a día, porque lo que me da miedo realmente es preguntar a la población cuántos de nosotros estaríamos dispuestos a firmar ese consentimiento explícito con tal de sentirnos seguros. Esa posibilidad existe. Que sepamos exactamente lo que va a pasar, el exhaustivo control al que estaremos sometidos y que, igualmente, lo aceptemos, entendiendo bien toda la letra pequeña, sin tener duda alguna de lo que estamos firmando.

¿Y si se pierde tu hijo?, me dicen. ¿Y si secuestran a tu madre? ¿Y si te pierdes tú? ¿O tu abuelo con alzheimer? ¿Si te roban la casa? Claro, claro que sí. Ese es el miedo en el que se apoya todo esto, son los cimientos gracias a los cuales dejaremos de ser individuos libres, para pasar a ser números. Yo también tengo miedo, quién no, pero no tanto como para no ver que toda renuncia de libertad es un paso atrás, es una cárcel en la que estoy metiendo a mis hijos, mis nietos, si los tengo, y a todos sus amigos. En su generación, tendrá que haber alguien que, como en esas obras futuristas que nos acongojan el corazón, rompa la baraja y luche por su libertad y la de toda su sociedad (por mí y por todos mis compañeros).

Puede que la sociedad, y la historia parece demostrarlo así, sea un sube y baja en general. Ahora eres más libre, ahora lo eres menos. Puede. Pero no lo tengo claro.

Desde que el hombre es hombre, hay palabras y conceptos que estamos estudiando y tratando de definir y de entender: libre albedrío, por ejemplo. Dónde empieza tu libertad y dónde empieza la de los demás. Qué es el libre albedrío. ¿Somos realmente libres? ¿Está el futuro escrito? En fin, esas cosas sin importancia.

Legislad, malditos

Alguien me dice que qué importa, que él no va a hacer nada malo, que él tiene una vida corriente (y moliente). Que en realidad toda esa vigilancia y ese control está dirigido a los malos. Quiénes son los malos, le pregunto. Los que infringen la ley. Ah, vale, entonces ya me quedo tranquila. Ellos son los malos; nosotros somos los buenos.

Pero, ¿qué es la ley? ¿Tú haces la ley? ¿Hago yo la ley? No. Los políticos (y no todos) hacen las leyes (y los empresarios, todo es cuestión de intereses, que nadie se olvide). Tú votas a los políticos en base a lo que dicen que van a hacer, algo que, como ya hemos comprobado, se pasan por el forro de los cojones en cuanto pueden (inciso: sueño con el día en que los políticos tengan que pagar sus mentiras con su patrimonio personal. Cierro inciso). De todas maneras, y qué pasaría si viene de nuevo un dictador y cambia las leyes y pasas a ser de los malos. Y qué si llega alguien como Trump (lagarto, lagarto) y decide que eres demasiado moreno. Serías malo. Entonces, toda esa tecnología y ese control dirigido a los malos, te cercaría y te trataría como lo que serías: un malo, un delincuente, alguien a quien apartar.

Dicho esto, hay malos evidentes: los asesinos, los ladrones, los violadores… y luego hay malos que se convierten en malos porque alguien puso en marcha una ley, mientras los demás seguimos sumergidos en la calma chicha del día a día, esa que nos permite que nuestra conciencia no nos machaque por nuestra pasividad, esa que deja que vivamos con la tranquilidad de los justos una vida realmente injusta, sin hacer nada para cambiar la sinrazón de por qué algunos reciben el peso de la ley sin haber hecho realmente algo malo. Véase, por ejemplo, los homosexuales en algunas partes del mundo. La ley dice que son malos. ¿Son malos entonces? No. Esa ley es injusta y es inhumana. No sé si me seguís.

Si nos tenemos que fiar de que toda esta tecnología que nos dicen que utilizarán para nuestra seguridad sea realmente utilizada para ese fin, deberíamos preocuparnos de que las leyes sean justas, no para nosotros y para nuestra cómoda realidad, sino para el mundo entero. Y como no se puede asegurar que no vayan a cambiar las tornas y que las leyes no vayan a cambiar al son del titiritero, no deberíamos permitir que se nos controle por el miedo.

Ahora bien, por último, voy a romper una lanza a favor de la legislación. Mientras el fin del mundo llega y todo lo anterior pase (y pasará, con los años, lo verán tus hijos y, si no, tus nietos), creo que se deberían poner las reglas y los límites bien claros. Es decir, no dejar que empresas como Mercadona, Google, Facebook y tantas otras de las que sabemos o no el nombre, sean la avanzadilla y se vaya por detrás, intentando legislar lo ya instaurado. ¿No debería ser al revés? Primero se ponen las normas del juego y luego se juega. Al menos así, podremos decir que las cambiaron y ese sería un buen punto de partida.

Fin.

Gracias por leerme.

 

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