La historia de un hombre de la calle que tenía sueños eróticos

Os voy a contar lo que me ha pasado. He conocido a Alberto. Alberto es un hombre que vive en la calle, al lado de mi casa y que ha hecho de una esquina del parquecito que atravieso cada día, su casa. Es justo donde apenas da el viento y está al lado de una boca de metro. Tiene un sitio donde sentarse y ahí está día sí, día también, con su carrito, que es donde lleva todas sus pertenencias. Mejor sería una casa, claro, me dice.

Alberto tiene 3 dientes, que yo haya visto; si tiene muelas o no, eso ya es un misterio, al menos para mí. No huele mal, se cambia cada día, lo de ducharse supongo que ya es otra cosa, pero ni idea, tampoco le he preguntado. 

Siempre tiene un montón de cosas alrededor, son cosas que vende: juguetes, ropa, zapatos, libros… Los libros sólo los tiene cuando no llueve, porque con el agua se le mojan, me cuenta. Tiene sentido. El buen hombre mata el tiempo dibujando a lápiz en un cuaderno que tiene. A veces también pinta con colores, pero dice que a él siempre le ha gustado más el lapicero, que lo de las pinturas le apetece cuando está tranquilo en casa y que, como ahora no tiene, pues que no las usa, pero que tiene muchas, en su carrito, me dice y lo señala. No me traigas pinturas, que ya ves que no las uso.

El caso es que yo pasaba por ahí cada día; cada mañana seguro y luego puede que un par de veces más por las tardes, en función de lo que tuviera que hacer. Y de tanto verle y verme, pues lo normal, al final, un día uno de los dos saluda y se establece un precedente, y ahí empieza el hola y adiós. 

La verdad es que el hombre no pide nunca nada. Él está ahí sentado, como si no fuera con él la vida de alrededor, y así pasa los días entre pintar y mirar. Una mañana fui a hacer la compra al supermercado, cogí lo que necesitaba y también lo que pensaba que podía venirle bien a Alberto: toallitas para limpiarse, agua (muy necesaria ahora que han cerrado las fuentes en todo Madrid), pan de molde (por aquello de los dientes), embutidos… Cosas así.

Otro día, ya con más confianza, el tipo me llama y empezamos a hablar. Ese día yo, raro, no tenía prisa y me quedé un rato a charlar. Siempre he pensado que las personas que viven en la calle, muchas veces, sólo quieren no sentirse invisibles. Así que hablar con ellos es algo que les ayuda y ahí que estuvimos nuestros 15 minutos largos, en los que él me contó que tenía 5 hijos, que había tenido 2 mujeres, ya muertas, y que sus hijos le siguen pidiendo dinero, a pesar de haber formado sus propias familias. Sin ir más lejos, el otro día, me contó, uno de sus múltiples hijos tuvo un accidente de coche y le pidió que le diera 600€.

El hombre fue totalmente sincero. Yo, muy bien de la cabeza no estoy, esa es la verdad. Así que, basándome en esto, no sé si todo lo anterior y lo siguiente es cierto o no. Igual él lo siente como cierto y eso le vale, qué sé yo. Muy bien de la cabeza no parece que ande, pero tampoco mal del todo. Sus ojillos son muy ratoniles, se iluminan cuando alguien le habla o le da algo -parece no tener blanco alrededor del iris- y sonríe amplio con sus tres dientes.

Me cuenta también, y yo sigo dudando de sus historias, que él es carterista profesional. Pero profesional, profesional, insiste, como profesión, como yo digo. Siempre dice mucho eso de “como yo digo”, para soltar luego algo tan común como “está lloviendo, como yo digo” o “a veces, la gente anda con prisa, como yo digo”. Vamos, que es más una muletilla que utiliza para darse cierta importancia y sentirse diferente. Todos lo hacemos en mayor o menor medida. Si yo quisiera, me dice, podría robarte la cartera ahí, donde tú estás, y ni te darías cuenta. Sonríe otra vez y muestra encía. Tranquila, no lo voy a hacer, yo ya estoy retirado, sólo robo para mis hijos (he empezado a no creerme eso de su familia). Si me lo piden, yo robo; para mí, no. Yo vivo con lo que necesito, vivo al día, a veces paso hambre y a veces paso frío, pero ya no robo. Bien por Alberto.

El otro día iba con 5 abrigos, uno encima de otro. Lo sé porque me los enseñó, uno a uno. La noche anterior le habían robado, mientras dormía, una camisa que había colgado para secar (se le había mojado con la lluvia), cinco euros y medio paquete de tabaco. Es que yo, me cuenta, cuando bebo, me quedo como un tronco y no me entero de nada. Ayer me bebí dos vinos, bueno, uno y medio, corrige, porque tenía frío y luego, pues claro, a dormir la mona, ya ves tú. Que los que me han robado son esos del parque, los de siempre. Al menos sólo me han robado. Han pasado pocos días después de que me hubiera dicho que él muy bien de la chota no andaba, así que no sé si creerle o no, pero en cualquier caso, me da rabia que así sea, que le roben los “compañeros”, como él dice (y aquí sí tiene sentido) de la calle. Eso no se hace.

Me pregunta a ver si me puede dar la mano. Claro, Alberto, y le doy la mano. Entonces me enseña sus dibujos, los que hace en el cuaderno a lápiz y me dice, orgulloso, que él no ha estudiado Bellas Artes, ni nada que se le parezca, que él es autodidacta. Hombre, buenos, buenos, no son, pero yo sé que les pone mucho empeño, porque le veo cada día, concentrado, dibujando sin parar. Tiene un poco de todo, mucha flor, le deben de gustar; hasta La Sirenita está ahí, con Flounder y todo. Hay sólo dos pintados con colores, eso ya me lo avisó; él, lo de pintar, en casa. 

Le llevo unos zapatos que no están mal, por si le sirven y, si no, para que los pueda vender y sacar algo de dinero. Le quedan grandes, pero le hacen ilusión, algo conseguirá por ellos. Han pasado varios meses. Me pregunta a ver si puede pedirme algo, en caso de que lo necesite. No ahora, me dice, si no, por ejemplo, si tengo que lavar ropa, y no te preocupes que los calzoncillos no te voy a dar, eso es de mal gusto, como yo digo. Le contesto que, claro, que él me vaya diciendo y yo, si puedo, le ayudo y, si no, pues no. Entonces me cuenta que él no se levanta ni para ir al baño y que muchas veces tiene diarrea. No puedo dejar mis cosas solas, me las roban, susurra tan bajo, que casi no le oigo.

Lo del baño me parece todo un tema. Me dice que tiene una manta, que hace las veces de puerta del retrete. Cuando necesita, coge una bolsa, se tapa con la manta, se pone en cuclillas y ahí que se desahoga. A veces hay mirones que se dan cuenta de que estoy cagando, pero qué le voy a hacer, me dice. Que no me parece ni mal ni bien, supongo que todo es cuestión de necesidad y los que tenemos la suerte de tener una casa, con su baño, no podemos ni imaginarnos lo que es eso, más allá de algunos días de fiesta en los que hayamos meado entre dos coches.

No puede ducharse, no puede ir al baño, no puede beber en las fuentes, no puede lavar la ropa… Yo ya estoy ganada para la causa, pensando incluso en hacer una de esas campañas contando su vida, para que la gente peregrine hasta su esquina y le ayude. Quizás tenga una segunda oportunidad. Aquí cabría preguntarse por qué está en la calle y no va a un albergue, por ejemplo, pero qué sé yo de cómo funciona ese tema y, sobre todo, quién soy yo para juzgarle. Alberto tiene pinta de haber tenido una vida dura, pero dura de verdad, aunque ahora sonría siempre y parezca contento. Yo creo que eso va de la mano del desequilibrio que dice que tiene, no sé, me parece a mí.

El tema es que cuando le digo lo de que claro que sí, que me diga lo que vaya necesitando, me planta dos besos. Así por sorpresa y con corona virus de por medio, yo con mi mascarilla y él a encía descubierta. Por esto sé que, sorprendentemente, no huele mal. Tampoco a limpio ni a rosas, raro sería. Otro día me besa la mano, y esto ya empieza a ser un poco raro.

Paso por su esquina, su casa, y me para. Oye, sabes lo que me ha pasado, he soñado contigo. Siempre es así, me dice, cuando una mujer me gusta, sueño con ella, ya sabes, son sueños eróticos, como yo digo, de ese tipo de sueño. Tú me has caído bien. Tú me gustas. He soñado contigo.

Entonces agradezco tener la mascarilla, porque mi cara seguramente ha sido un poema. Me debato entre darme la vuelta e irme corriendo o ser tajante y dejar claro que la situación es tremendamente incómoda para mí. Para él no, sus ojos de ratón brillan y parecen inocentes, es como si en lugar de eso, me hubiera hablado del tiempo, no cambia su expresión. Sigue sonriente, como siempre. Pero ya me dijo que no andaba bien de la cabeza, pienso. Así que le digo que tengo prisa y me voy, ni muy rápido, ni muy despacio, tampoco quiero que se sienta mal.

Ahora la que no sabe cómo sentirse, soy yo; ahora doy mucha vuelta para ir a otra boca de metro y desde aquel día no he vuelto a verle. No sé si Alberto se preguntará por qué ya no paso por su casa, digo esquina. No sé qué es lo que tendría que hacer.

Ojalá un mundo en el que todos los Albertos tuvieran una casa en la que poder pintar con colores. Ojalá que los Albertos del mundo tuvieran un abrigo bueno y no necesitaran el alcohol para entrar en calor. Ojalá un mundo en el que que alguien te dé dos besos de manera espontánea no signifique nada más allá que una muestra de cariño. Ojalá un mundo mejor en el que las personas supiéramos cómo ayudar a otras personas de la manera en la que ellas necesitan. Ojalá.

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